Historias que nos unen.
Cada carta guarda una experiencia, un recuerdo o un sentimiento. Explora las historias de quienes han vivido el desarraigo, la distancia y la búsqueda de un lugar al que llamar hogar.
26 octubre 2026
Cuba
Raíces que me sostienen
Crecer siendo hijo de cubanos ha sido aprender que uno puede pertenecer a más de un lugar y, aun así, sentir que tiene que explicar de dónde es. Es llevar una historia que comenzó antes de mi nacimiento, pero que también forma parte de quién soy. En mi casa, Cuba no ha sido solamente el nombre de un país: ha estado presente en las palabras, en la comida, en los recuerdos y en la manera de enfrentar las dificultades. Esa herencia me llena de orgullo, aunque crecer con ella no siempre haya sido fácil.
Ser hijo de cubanos significa vivir entre lo que mi familia conserva y lo que yo voy descubriendo. Hay costumbres que dentro de casa parecen naturales, pero que afuera me hacen sentir diferente. A veces esa diferencia despierta curiosidad; otras veces, prejuicios. Con el tiempo he entendido que no tengo que escoger entre mis raíces y el lugar donde estoy construyendo mi vida. Puedo querer mi origen y, al mismo tiempo, encontrar mi propia manera de pertenecer.
Sin embargo, mi experiencia no se explica solamente por el origen de mi familia. También soy una persona negra en un país donde el racismo y el elitismo condicionan la forma en que se mira y se trata a los demás. Hay quienes prefieren pensar que esas barreras ya no existen, pero sus efectos se sienten. Aparecen en los comentarios disfrazados de bromas, en las expectativas más bajas y en la facilidad con que algunos creen saber quién eres por tu apariencia, tu apellido o tu situación económica.
Una de las cosas más difíciles es sentir que no siempre puedo presentarme simplemente como soy. A veces parece que primero tengo que superar una idea que alguien ya se hizo de mí. Que debo demostrar más para recibir el mismo reconocimiento, o cuidar cada error porque temo que no lo vean como algo individual, sino como una confirmación de sus prejuicios. Eso cansa. Me ha producido rabia, tristeza y preguntas sobre mi lugar en la sociedad.
Aun así, no quiero que mi historia quede reducida a lo que otros han pensado de mí. Mi identidad también está hecha de cariño, de alegría y de orgullo. En mis raíces he encontrado una forma de sostenerme cuando el entorno intenta hacerme sentir menos. Ser negro y ser hijo de cubanos no son obstáculos que deba dejar atrás para avanzar. Son partes de mí que quiero llevar conmigo, sin disculpas.
Esa conciencia se ha convertido en una fuerza. Me ha enseñado a cuestionar las apariencias y a no confundir los privilegios con el valor de una persona. También me ha ayudado a reconocer a quienes viven otras formas de exclusión. Sé lo que significa querer ser escuchado sin que un prejuicio hable primero por uno.
No agradezco el racismo ni creo que sufrir sea necesario para hacerse fuerte. Preferiría no haber tenido que enfrentar ciertas barreras. Pero sí reconozco la fuerza que he construido frente a ellas y el apoyo que he encontrado en mi historia familiar.
Hoy entiendo mi orgullo como una forma de afirmarme. No necesito negar lo difícil para celebrar quién soy. Crecer siendo hijo de cubanos y ser una persona negra ha significado enfrentar desafíos, pero también descubrir raíces profundas. De ellas nace la fuerza con la que sigo construyendo mi camino, uno en el que quiero ser reconocido sin tener que renunciar a ninguna parte de mí.
Anubis B.
